EL PUENTE, LA MONTAÑA Y EL MARTILLO
Lara Marmor, Septiembre 2014.

Unos y otros realizamos distintos recorridos que a veces se juntan, se superponen, van para distintos lados o se cruzan. Mariela Vita quería hacer un puente. Un día me contó que estaba atrapada por el diario de exilio del lituano Jonás Mekas y también me habló sobre la manera de cómo le resonaban con fuerza las cinco palabras que Kawabata había elegido para el título de una de sus novelas: El sonido de la montaña.

Vita aclaró de entrada que en esta nueva exposición no iban a aparecer bichos o animalitos. Dijo: ¡Nada de esto! Quise pensar en esta declaración no como un camino sin retorno, sino como otro camino. Algo melodramática -supongo producto de la sorpresa por las características de esta nueva muestra (muy zen como toda la obra de Mariela pero más cruda y menos animada-caricaturizada)- pensé en una despedida. La de los de los animalitos y aquello que representan.

El puente de Mariela me condujo hacia otros puentes. El primero que apareció, fue uno perdido en algún lugar de Japón donde Mikage e Hitoshi se dieron el último beso. El puente como lugar del encuentro y también del desencuentro. Para mí, el río era la frontera entre Hitoshi y yo. Cuando imagino el puente, Hitoshi está allí. Yo siempre llegaba tarde y él estaba ya esperándome en aquel lugar. Cuando íbamos a alguna parte, siempre nos separábamos allí, él hacia un lado, y yo hacia otro. También fue así la última vez.1

El puente de Vita es de madera, colgante y atraviesa un espacio de 16 metros cuadrados. Lo veo e inmediatamente de manera compulsiva se me vienen millones de puentes a la cabeza: los de Xul Solar, los del Jardín japonés, el Puente Nicolás Avellaneda que une la Boca con la Isla Maciel. Podría hacer una lista interminable de tipologías, resonancias, geografías y asociaciones: Puente Celeste, el Puente de los candados, Alejandro Puente, viaductos, pasarelas y acueductos. Mariela Vita pensó al puente como camino que comunica un lugar con otro y donde ese otro también puede ser uno. Un pasaje introspectivo, un desvío con varias o una única salida. Todo depende del recorrido.

En la sala se pueden ver utensilios porque en estos trayectos, explica Vita, se encuentran herramientas y se desechan otras cosas. Son lugares donde quedan restos. A un costado del puente hay una montaña de sal y cintas desperdigadas por el espacio. Agua oscura, agua negra. Muy negra como la del pantano en Massachussets donde cayeron Kennedy y Mary Jo. Como el agua negra y honda del Bósforo. Refrescar mi memoria con agua, me lleva al puente cuyos extremos comunican dos continentes. En los viejos tiempos, cuando aún no existían los puentes sobre el Bósforo, todo el tráfico entre ambas costas se hacía en barco. Si querías ir a la costa asiática, a Moda, a Üsküdar o Kuzguncuk, tenías que coger un barco. Los puentes han facilitado la circulación, no lo niego, pero era más romántico hacer el trayecto en barco…2 De paseo por Estambul, la señora Kurtidi les cuenta a los griegos Kostas Jaritos y a su mujer Adrianí cómo era la ciudad sin los puentes que unen Europea con Asia. Occidente y Oriente.

En el puente de Mariela Vita no hay nadie. Se recorre en soledad sin las sonrisas risueñas o las miradas sorprendidas de sus personajes: los gigantes dormidos, los gatos-fantasma y sus zombis, todos dibujados en tinta, acuarela, hechos con neón, arcilla o masilla epoxi. En esta sala, en la ciudad de La Plata, nos encontramos con un puente rodeado por un cielo que se desploma, un lugar donde se revelan misterios, una zona de encuentro para contar historias como las que escucharon con atención un grupo de navegantes antes de zarpar. El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes. Pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita, que zarpó de Nueva York el 24 de Agosto de 1903, y que el 26 de mañana se puso al habla con una corbeta, sin acusar novedad alguna.

Cuatro horas más tarde, un paquete, no teniendo respuesta, desprendió una chalupa que abordó al María Margarita. En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden; y faltaban todos. ¿Qué pasó? La noche que aprendí esto estábamos reunidos en el puente. Íbamos a Europa, y el capitán nos contaba su historia marina, perfectamente cierta, por otro lado. 3

Puentes que empalman ciudad con ciudad, que atraviesan fronteras, que se rompen, puentes amorosos, puentes donde se depositan deseos y candados, de cemento, de madera, puentes en jardines, puentes interiores o puentes en fastuosas fuentes de sushi. Puentes entre montañas de sal que esperan ser aún atravesados.

1- Kitchen de Banana Yoshimoto, 1988.
2- Muerte en Estambul de Petros Márkaris, 2009.
3- Cuentos de amor y de muerte de Horacio Quiroga, 1917.